viernes, 28 de mayo de 2010

Esas pequeñas cosas.

Menuda mierda, llevo una racha que no paro; siempre corriendo, agobiado, con entregas próximas y el entorno y ambiente tampoco acompañan. Para colmo, el único día que tengo para dedicarle un par de horas a la guitarra... parto cuerdas, joder!

No es que sea un virtuoso, ni siquiera aficionado, simplemente estoy aprendiendo de un año para acá y es la música una asignatura pendiente en mi vida, y me gusta y quiero ponerle ganas.

El caso es que al día siguiente, entre semáforos maduros que parecen nunca más se tornarán verdes, entré la marabunta del tráfico de 4 ruedas, (para colmo era la mañana que paseaban las carretas del Rocío) y con todo lo pendiente por hacer, puedo escaparme un ratito a ver a mi amigo rockabilly en su planeta para pillarle unas cuerdas.
La intención era pillar una primera cuerda, la rota en cuestión, y un juego completo para evitar situaciones de precariedad en mis espontáneos e improvisados intervalos de práctica de las 6 cuerdas. Pues primeras sueltas no le quedan, "a tomar por culo la bicicleta" fue lo primero que me pasó por la cabeza, y aunque compré un juego entero, y me encapriché de dos huevos de esos que al agitarlos suenan las bolitas metálicas de dentro, las circunstancias de mi pesadumbre del ambiente y el entorno me dejaban un sabor amargo por un detalle tan nimio. Si es que soy de ideas fijas, y si voy con la intención de algo con motivos fundados, no hay nada peor que se trunquen los planes.

Era una tontería que enseguida se me pasó, tan rápido como abrocharme el cinturón y volver mi concentración a la piara de conductores que en vez de carné, parece que aprobaron en la autoescuela la licencia para matar, "entre los que servidor se incluye".

Cuando llegué a mi casa, aproveche la situación para limpiar a fondo las maderas de la guitarra, y después recolocar las cuerdas, sustituir la que faltaba, y afinarla. Cuál fue mi sorpresa que el mierda de juego que me habían vendido (era la primera vez que yo compraba un juego de cuerdas) traía una primera cuerda doble, y yo sin saberlo. Estaba en el recibidor de la casa, abriendo la cajita, frente al espejo de la entrada que refleja de cintura para arriba, pues en ese instante, por esa tontería, me sentí que no alcanzaba más que a mi cabecita, que la ropa me estaba grande, que me habían vuelto mis pecas a las mejillas, y que una inmensa sonrisa a lo queso gruyere se chivaba de la promesa de guardar los dientes al ratoncito Pérez.

Volvía a tener 5 años, por una cosa tan absurda, pero me demostré a mí mismo, que no hay nada mejor que los pequeños detalles para ser feliz.

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